Heroínas: Penélope, June, nosotras…
Empecé a ver la serie El cuento de la criada casi a diez años de su estreno. Me pasa que muchas veces siento que llego tarde a algunas cosas; trato de esperar cuando veo algún furor por series que parecen marcar una “tendencia”, cuando se dice que tal serie es “buenísima”.
La novela de Margaret Atwood en la que se basa la serie salió a la venta en 1984, época en la que yo solo tenía trece años; muy lejos estaba de acercarme a esas lecturas, y en el main stream tardaron treinta y tres años para que alguien se interesara en esa historia, porque seguramente se pensó si era “vendible”, porque así es en ese medio también. Así que cuando vi que a mí me tomó nueve años llegar a la serie, no me sentí tan desfasada, primero porque la serie estaba solo en una plataforma de streaming que yo no tenía, luego porque no me daba el tiempo ni estaba todavía leyendo sobre las feminidades. Otra cosa tardía fue entrar a las lecturas que me llevaron a conocer lo que dicen otras mujeres sobre el patriarcado.
Tengo años escuchando y sabiendo que vivimos en el patriarcado, seguramente yo misma practicando, sin darme cuenta, valores patriarcales. Un ejemplo de ello es el pez Betta. ¿Cómo sabe el pez Betta que está en el agua? No creo que lo sepa, solo vive en el agua y sale a tomar aire cada minuto o hasta cada cinco minutos; si no lo hace se ahoga: es una de las especies de peces que necesitan el aire y el agua. Así, yo creo que algunas mujeres salimos a tomar oxígeno y no registramos que nadamos veinticuatro siete en el patriarcado o en la autorrepresión, y mucho de eso se ve en la trama de la serie.
Llegué a El cuento de la criada como he llegado a otros libros: encontrándome con ellos; a veces ha sido como siguiendo una pista, satisfaciendo una curiosidad, siguiendo un rastro; llamémosle intuición femenina, olfato literario de a pie. En este caso, todo empezó el día que entré en una librería, donde, por la riqueza de los textos que se ofertan, seguramente son seleccionados por una mujer. Allí, parada sobre un banco, frente a la sección de temas femeninos, leí el título La heroína de las 1001 caras, de M. Tatar. Y ya en casa, leyéndolo, me enteré de que había un texto llamado Penélope y las doce criadas, escrito por M. Atwood. En él, a diferencia de la Penélope que Homero retrata en La odisea: la tradicional esposa fiel y paciente que sabe esperar el regreso de su esposo/rey y sortear las presiones para no perder el trono de este, Atwood describe a una Penélope distinta, con pensamiento propio, sentimientos fuertes, sensibilidad hacia sí misma y hacia sus criadas, y con un poder que no es visible a simple vista, pero cuyos efectos son evidentes en los momentos precisos. Tal como, a propósito del tema, el cineasta C. Nolan muestra, en su film más reciente de La odisea, a una Penélope de enorme fortaleza emocional.
Así fue como, investigando sobre Atwood, supe que ella también había escrito El cuento de la criada. Curiosamente, en la plataforma de streaming que tengo aparece la versión de este cuento para televisión. A la fecha, he terminado de ver la primera temporada que, al parecer, es bastante cercana a la novela original.
¿Cómo es que un libro escrito hace más de treinta años y una serie lanzada hace casi diez años resuenan en nuestra realidad actual? ¿Cómo es que la serie me resulta tan vigente en el cuestionamiento de tantas cosas? Me conmueve, me sacude el nivel de sadismo y de represión no solo de los hombres, lo cual es ya “normal”, casi esperado. Me sorprende el retrato de cómo otras mujeres estamos en contra unas de otras, por los valores patriarcales y por la ambición de poder, de jugar roles para encajar, y algo que me cimbró aún más es el arte del engaño y de la simulación: para sobrevivir hay que parecer algo que al otro o a la otra no le amenace, hay que estudiar al enemigo para hacerle creer que estamos bien.
Ser tú misma te hace vulnerable, te expone, corres el riesgo de ser expulsada, castigada, exiliada. Me pareció que varias escenas de la serie retratan la forma en que la mujer interpreta el poder explícito y tácito, el de la “sumisión”, de la complacencia, de la obediencia, de la vulnerabilidad. Aunque también hay una escena específica en la que el colectivo de mujeres, en un acto de solidaridad con su propio género, se rehúsa a aniquilar a otra mujer, aun sabiendo que la vida de esta ya está amenazada por el sistema represivo en el que viven. Todo eso es ficción, pero la realidad parece siempre superarla, y me quedo pensando que no es que yo llegue tarde a las cosas, a las voces de otras mujeres en la literatura, en el cine, en las series; es que llegaré cuando pueda llegar, porque la conciencia no es por acción automática, es un proceso que se gesta al ritmo y en el espacio de cada una.
Estoy pensando si veré la segunda temporada. Por lo pronto, ya con esta primera parte tengo mucho por asimilar y para expresar el sentir mío y seguramente el de muchas mujeres que también se identificaron desde hace años, leyendo acerca, sintiéndose en algunos de sus personajes: June, la tía Lidia, Serena, Moira, Janine... (esta última que parece la loca, pero que está pegada a la Vida y es la que menos puede fingir). Me veo en todas ellas, porque en algún momento me imagino sentir impotencia, vergüenza, prepotencia, invencibilidad y resignación.
Continuará…
Cati Preciado Septiembre 2 del 2026